Dichosamente, la impronta es respirar, y luego caminar; vivir frente a cualquier estorbo. Viajamos y emigramos, y el encuentro con los otros nos ayuda a crecer, por más que no lo creamos. Pasan los días y cada amanecer nos redime, como un milagro. Bien mirado, somos magníficos, claro que sí, no menos que el pertinaz escarabajo, que avanza callado, a la vez que empuja su noble empeño.