Irlanda es tierra de escritores y, por lo tanto, de lectores. No puede haber escritores sin lectores. Mi objetivo era percibir Irlanda tal como la entendieron sus artistas, con los ojos del corazón, como una especie de libro de viajes al más puro estilo artístico-literario, una Odisea de las Letras, donde Ulises y Penélope van a rivalizar en el capítulo del protagonismo casi a la par. Anhelaba ver Irlanda en su verdadera salsa, oír sus liras y sus gaitas, escuchar el silencio en el que a veces se refugiaron, oler la turba de sus páramos, tocar a sus gentes, leer el futuro en las cáscaras de manzana, y por supuesto, saborear sus caldos y sus quesos, sus ostras, su whiskey, sus pintas de cerveza y su café irlandés rebosante de nata. No parecía en principio, una mala empresa.