El día empieza con el acostumbrado y rutinario trasiego
de la farmacia, colocando los medicamentos recién llegados en un mundo de cajones y estanterías.
Una caja de paracetamol resbala de las manos de mi
compañera y cae al suelo. ôAlguien está pensando en
míö, dice. La miro con desdén y no puedo evitar replicarle que eso es tan pretencioso como estúpido y que
sólo esconde una realidad: ôeres torpeö. Mi compañera
me devuelve una mirada de indignación y suelta un ôgilipollasö de camino al lavabo. Sé qué es esto en lo que vivo.
Ese estado que alguien decidió distinguir con una exótica palabra, burnout, y que se me ha comido entero. Vivo
en él y lo impregna todo. Abandonado a una existencia
que no me pertenece e incapaz de transformarla.
Qué caprichosa puede ser la vida cuando esta que, pareciera haberse convertido en tediosa rutina, de repente
pide que te vuelvas a reinventar; a revisar lo que uno
pudo ser, o fue, y a curar las heridas de lo que ahora es,
mientras te suelta una buena
