EL CAMINO DEL DUELO. APRENDIENDO A VIVIR DESPUÉS DE UNA PÉRDIDA

EL CAMINO DEL DUELO
Editorial:
TARANNA
Materia
AUTOAYUDA
ISBN:
978-84-96516-48-9
Páginas:
179
Encuadernación:
Rústica
Disponibilidad:
En 3-4 días

13,00 €
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Conocí a Xavier Muñoz a los tres años de la muerte de mi esposo. Por aquel entonces yo estaba convencida de haber trabajado mi duelo, pero sentía que había algo que aún no acababa de funcionar. Tras los primeros meses de dolor desgarrador, de desear simplemente diluirme en la nada para dejar de sentir, empecé a ponerme en marcha. Tenía claro que no podía, no quería, permanecer en aquél estado para siempre, aunque por otra parte he de reconocer que sentía algo parecido a una especie de necesidad de venganza demente, con la que gritarle al mundo toda la impotencia, la rabia, el desconsuelo y la sensación de estafa que me invadían por lo que entonces consideraba una total injusticia. No podía soportar el hecho de que la vida continuara sin él, las calles llenas de gente bulliciosa, las cadenas de televisión emitiendo su programación y sus insufribles spots publicitarios de “Vuelve a casa por Navidad”, los debates parlamentarios, las colas en los cines… ¿Por qué no se paraba el mundo si yo me estaba rompiendo en pedazos?


Mis tres hijos, aún en edades muy tempranas, lejos de significar la bendición con la que muchos bienintencionados intentaban animarme, suponían un motivo más de angustia añadida. Su propio dolor acrecentaba el mío y me colocaba al límite de mis fuerzas. Era como estar condenada a seguir viviendo por ellos, y eso en muchas ocasiones hacía que los sintiera como una carga, cuando en realidad eran el fruto de un amor inmenso, un amor que yo deseaba transmitirles con toda mi alma...aunque hasta entonces sólo había sido capaz de entregarles mi dolor.


Juan, mi marido, lo había sido todo para mí. Le conocí a los diecisiete años y, desde entonces, su optimismo vital sería el contrapunto a mi inseguridad crónica, su paciencia infinita un bálsamo para mi inconstancia, su sentido de la organización el remedio para mi talante caótico. Mi pequeño mundo tomaba forma, sentido y equilibrio en función a su presencia en mi vida. Su forma de amarme, generosa, tierna, apasionada, entregada, me hacía sentir válida, agradecida, completa, en una palabra: viva. Con su muerte se llevó mi vida, al menos la única que yo había conocido hasta entonces, aquella donde todo encajaba, donde todo tenía un nombre y un espacio, donde compartir y luchar para construir tenía pleno sentido. ¿Qué me quedaba entonces? La respuesta que surgía de mi interior resultaba devastadora: sin él no vales nada, por tanto no tienes nada.


Pero estaba empezando a gestarse en mí un sentimiento que me desconcertaba: si verdaderamente yo no valía nada, entonces Juan debería haber sido un completo estúpido por enamorarse y entregar lo mejor de sí mismo a la persona equivocada. ¡Y yo no podía permitirlo! Sentí en lo más profundo de mi interior que debía ponerme en marcha, reinventándome si esto fuera necesario, se lo debía a mis hijos y a todos los que me querían, también me lo debía a mí misma pero, sobre todo, se lo debía al amor de mi vida. Entonces recordé vivamente lo que constituyó un ritual durante casi veinte años…, al ir a acostarnos, Juan no podía dormirse sin antes preguntarme “¿Eres feliz, mi amor?” Aquel recuerdo me estremeció hasta tal punto que no pude sino jurarme a mi misma que, aunque me dejara la piel en el camino, algún día, al darle yo también las buenas noches y repetirle cuánto le amaba, sería capaz de contarle que había recuperado el sentido de mi vida y volvía a ser feliz, tal como él tanto había deseado.


En el momento de conocer al autor de este libro yo había avanzado bastante en mi particular camino de lágrimas… o eso creía. Había acudido a un centro de soporte al duelo durante dos años, del que guardo un recuerdo imborrable, así como un agradecimiento infinito hacia la labor generosa, cálida y positiva de los voluntarios. Todos ellos eran personas que habían sufrido y elaborado su propio proceso de duelo, transformando una experiencia tan devastadora, en un testimonio de amor. También participaba muy activamente en varios foros de duelo, había probado con la homeopatía, devorado cualquier tipo de literatura que me proporcionara un atisbo de esperanza…. De alguna manera comenzaba a aceptar que Juanhabía vuelto a “casa” y se encontraba bien, feliz, viviendo en plenitud, teniendo ya en sus manos todas a las respuestas a tantas y tantas cuestiones que a mí aún me atormentaban, pero… ¿qué pasaba conmigo?


Mi vida sin él seguía sin tener ningún sentido y me resistía a dejarle marchar. A veces, al acostarme, y mientras le contaba cómo había transcurrido el día, le recriminaba “¿Cómo quieres que te deje ir, si te necesito con toda mi alma?” Seguía aferrada a todas sus pertenencias, como en un intento desesperado por volverle a la vida. Contemplar su ropa, sus zapatos, sus papeles, su vino favorito, oler su colonia,… en ocasiones había sido un acto casi suicida que me desgarraba por dentro con una brutalidad indescriptible, pero paulatinamente llegué a notar que moverme entre sus cosas me iba inundando de paz, ternura y agradecimiento profundo. Mucho más tarde comprendí que él no estaba entre esos objetos, sino que se había quedado a vivir para siempre en mi corazón, pero aún tendría que pasar mucho tiempo antes de que pudiera desprenderme de ellos sin sensación de pérdida irreparable.


Pero, a pesar de todos esos aparentes progresos, el sentimiento de injusticia, aquella sensación de que alguien o algo se habían equivocadoal arrancarlo de mi lado aún estaba instalado en mi interior, y seguía rebrotando periódicamente. Rabia, frustración y desconsuelo por mi soledad, por nuestro proyecto de vida truncado, por todo el amor que aún me quedaba para entregarle, por el hecho de que nuestros hijos fueran diferentes a los demás niños…


La primera vez que leí un escrito de Xavier en un foro de duelo, el inmenso amor por su esposa que se desprendía de sus palabras me conmovió profundamente, pero más allá de este sentimiento me impresionó su determinación. Estaba decidido a hacer de su vida un reflejo de toda la riqueza que le había regalado su adorada Marta. Aparentemente yo debía llevarle ventaja, aunque solo fuera por el tiempo transcurrido desde mi pérdida, pero resultó ser todo lo contrario y pronto se convertiría en uno de mis referentes, gracias al cual conseguí hallar un sentido a tanto dolor. Recuerdo que un día le pregunté si no sentía rabia por todo lo que nos habían robado, si, como yo, no se sentía estafado por la vida. Su respuesta fue toda una lección de amor y agradecimiento “No puedo sentir rabia porque para mí sería algo así como renegar del amor de Marta. Me ha dado tanto, ha sido una maestra tan sublime, que siento que debo plantear mi vida como un homenaje hacia ella por todo lo que me ha entregado”Creo que a partir de ese mismo día yo también comencé a ser capaz de dar gracias y a transformar todo mi dolor, rabia y desconsuelo en un amor profundo e indestructible, que, a pesar de los tropiezos de este camino, me alienta y acompaña cada día.