Los sabios de Israel, herederos de la tradición viva de los últimos profetas, recogieron y transmitieron oralmente ese legado que con el tiempo llegaría a constituir una parte fundamental del judaísmo clásico. La lengua de los sabios es, precisamente, la lengua en la que se expresó una gran parte de esta tradición oral de Israel. En la Palestina de época helenística y romana coexistían numerosas lenguas. Entre ellas, al menos en el área de Judea, se había conservado un dialecto hebreo particular. Este hebreo no debe entenderse como una simple evolución diacrónica del hebreo bíblico, sino como una antigua forma de la lengua que había convivido con el hebreo bíblico literario y había evolucionado paralelamente a él, aunque siguiendo una trayectoria propia. Se trataba, en buena medida, de un hebreo de carácter popular, que desempeñó un papel decisivo en la transmisión de la tradición de Israel. Tras la destrucción del Templo de Jerusalén, los padres del judaísmo rabínico elevaron este hebreo a la categoría de lengua literaria y lo emplearon para componer algunas de las obras fundamentales de la tradición rabí
